Los anónimos
Lo que ocurrió con la revista Cambio es poco, comparado con lo que le está pasando hoy a centenares de colegas en las regiones que por cumplir con el deber ser de esta profesión, el de decir la verdad y servirle a la sociedad, están muertos, amenazados, desplazados, refugiados, intimidados.
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Hoy les hablo como periodista, reportera, cargaladrillos que llaman. A eso me he dedicado los últimos 15 años, la mayoría de ellos acá en Medellín cubriendo el tema de conflicto armado, violencia, derechos humanos…
Cuando me formularon la pregunta de cómo ser independiente no sabía por dónde arrancar teniendo en cuenta el montón de aristas que puede tener este tema. Obviamente, me vino a la mente el profundo dolor que sentimos los periodistas de la revista Cambio cuando cerraron la revista el pasado 3 de febrero. Esa es una muestra clara de lo difícil que es apostarle a la independencia crítica.
Recordé a Tomás Eloy Martínez y una de sus frases: El sentido ético y la vocación de informar lealmente al público resultan incompatibles con las ideas autoritarias de algunos medios, cuyo único norte parece ser la adulación del gobierno de turno y el mantenimiento del statu quo”. Hoy sigo pensando que eso fue lo que pasó y por eso la cerraron.
Pero es solo uno de los casos de lo difícil que es mantener la independencia periodística. Lo que ocurrió con la revista Cambio es poco, comparado con lo que le está pasando hoy a centenares de colegas en las regiones que por cumplir con el deber ser de esta profesión, el de decir la verdad y servirle a la sociedad, están muertos, amenazados, desplazados, refugiados, intimidados. Silenciados.
Por eso informar con miedo no contribuye en nada a la independencia periodística y tristemente es la situación más recurrente en Colombia. Lo peor es que como son periodistas poco reconocidos, que están en zonas apartadas, poco se habla de ellos.
De acuerdo con la Federación Colombiana de Periodistas, Fecolper, 139 agresiones contra reporteros se han registrado desde enero hasta finales de agosto de este año. Eduardo Márquez representante de la agremiación revela además unas cifras preocupantes: “Al revisar quiénes eran los agresores de periodistas, encontramos, con sorpresa, que el propio Estado -encargado de garantizar la vida y honra de los ciudadanos- con cerca de un 40% de los ataques, le gana con creces a los grupos armados ilegales y a la delincuencia común”.
Según Márquez, “esto lo hace a través de funcionarios civiles como alcaldes, concejales, diputados o directivos de institutos descentralizados, incómodos con las denuncias de corrupción o con posturas críticas frente a sus actuaciones; lo hace a través de miembros de la fuerza pública que quiere ocultar sus desmanes tanto en la guerra como durante disturbios urbanos, o lo más grave, su apoyo a grupos armados ilegales”.
El último caso conocido es el del periodista Luis Cervantes, corresponsal de Teleantiaquia, en el municipio de Tarazá, en el bajo Cauca Antioqueño. Hoy hace 12 días, recibió el ultimatum de 72 horas para irse de Tarazá.
El caso lo hemos conocido gracias a la solidaridad que se despertó en twitter luego de que el colega Víctor Solano iniciara una serie de tweets pidiendo que se protegiera la vida del comunicador. Sin embargo, pese a que hubo una gran movilización ciudadana en la red social y luego un editorial en El Espectador, las intimidaciones continuaron y esta vez no solo amenazaron a Luis si no a su compañero de trabajo.
De acuerdo con la Asociación de Periodistas de Antioquia, APA, el 21 de abril de este año, Luis Cervantes fue agredido física y verbalmente por el patrullero Alexander Garzón. Lo llamó “sapo” en las instalaciones del comando de Policía de Tarazá, a donde Cervantes se había dirigido tras conocer la captura de un sargento de la institución, con munición de guerra para grupos armados ilegales. El corresponsal reportó la agresión al superior de Garzón, y días después el patrullero fue procesado disciplinariamente por la Institución.
Luego de este suceso, Cervantes reportó dificultades para acceder a las fuentes de Policía y Ejército en la región. Dice APA que después vinieron las visitas de desconocidos a su casa: “según el testimonio del corresponsal decían ir de parte del comandante del distrito especial de la Policía para el bajo Cauca y que le pidieron denunciar a los grupos ilegales. El oficial fue consultado y aseguró no haber ordenado esas visitas”.
A Cervantes le llegaban mensajes de texto: “Te vamos a matar por sapo”. Lo peor es que las amenazas también llegan a los celulares de su esposa, el camarógrafo y compañero de trabajo Yarley Julio y al jefe de corresponsales de Teleantioquia, Víctor Sánchez.
Casos como el de Cervantes se repiten en varias regiones del país donde no hay ninguna garantía ni protección por parte de las autoridades, pese a ser zonas delicadas de orden público.
Me preocupa es que haya tanto silencio de la sociedad en torno a estos temas teniendo en cuenta que esto repercute en la calidad de la información que recibe. Me preocupa que, como les decía, son periodistas que están en zonas apartadas y que muchos no se arriesgan a dejarlo todo y huir porque no tienen cómo.
Por ejemplo Cervantes, a quien no conozco personalmente, le pagan por nota publicada. Es decir, si en la agenda noticiosa su nota no clasifica ese día no hay pago.
Igual le ocurre a muchos colegas, sobre todo en la Costa Atlántica y no me imagino la situación suya diaria pensando en cómo sostener a su familia, pensando en que algún momento se haga efectiva una amenaza, aunque ya las autoridades departamentales le hayan proporcionado un esquema de protección. Por eso quise centrar mi reflexión en el tema de los periodistas regionales porque es allí donde es más difícil informar la verdad y mantenerse con vida.
No me explico cómo hace este periodista para seguir en Tarazá. Yo hace rato, lo confieso, hubiera salido corriendo. Estamos hablando de una zona en la que según distintas investigaciones se vivió con fuerza el rearme paramilitar tras la desmovilización. Es una región considerada como uno de los fortines del narcotráfico y donde se ha registrado uno de los mayores índices de violencia en Antioquia.
Porque si bien es cierto en las grandes ciudades no hay tampoco garantías para ejercer esta profesión con independencia, no me imagino como será allá.
Recuerdo cuando trabajaba hace cuatro años en la Unidad de Paz y Derechos Humanos de El Colombiano lo difícil que era estar tranquila cubriendo las versiones libres en el Palacio de Justicia. Hombres nos seguían a los reporteros dentro del edificio y nos sentíamos intimidados cuando íbamos a hablar con las víctimas. Incluso uno de ellos que actuaba como jefe de prensa del desmovilizado Bloque Central Bolívar, dijo en los micrófonos de algunos colegas de televisión que había periodistas enemigos del proceso y entre esos me mencionó a mí.
Así ocurría con varios de mis colegas y confieso que sentíamos miedo… Sin embargo, teníamos más posibilidades de protegernos o de trasladarnos si hubiese sido necesario. Pero la precariedad laboral en la que viven muchos colegas como Cervantes les impide hacerlo.
Noticias bajo llave
Este tipo de intimidación no es la única forma en la que se está vulnerando la independencia periodística. Para no ir muy lejos otros colegas no tienen donde trabajar porque por denunciar irregularidades en sus municipios, las emisoras, periódicos o canales de televisión fueron cerrados porque lastimosamente sus espacios periodísticos dependían de la pauta publicitaria de entidades públicas. Esta situación se produce en un contexto de desregularización laboral creciente.
“Nos convirtieron en vendedores de publicidad y por lo tanto, en frecuente objeto del chantaje gubernamental con la pauta”, le dijeron varios colegas a Fecolper. Otros, en cambio, sienten que son silenciados desde las propias jefaturas de redacción y por eso, más bien, prefieren autocensurarse.
Esto ocurre en los medios locales, regionales y nacionales donde para poder trabajar tranquilos, los periodistas guardan silencio, no cuestionan, tienen muchas denuncias represadas en sus escritorios o simplemente ni se atreven a tocar “ciertos temas” porque sencillamente saben que no se los van a publicar a menos que quieran arriesgar sus empleos.
Creo que más de uno se sentirá aludido con lo que les estoy diciendo pero es que en vez de tener más medios, más espacios para la reflexión, más análisis, estamos observando con tristeza que no se necesita estar amenazado como Cervantes para estar silenciado dentro de un medio.
Un colega me comentaba cómo en su redacción le han obligado a publicar artículos que más bien parecen comunicados de prensa de Palacio puesto que no lo dejaron poner lo que decía la contraparte. Él, atendiendo a sus principios, decidió no ponerle su firma. Por no hacerlo sufrió un fuerte regaño, con copia a la hoja de vida y con cambio de puesto.
Mientras que otros periodistas advierten que en sus redacciones el tema diario es que “necesitan noticias vendedoras”, las cuales evalúan sus jefes de acuerdo a cuántos seguidores tengan en la web. Esto los tiene contra la pared porque pasaron a segundo plano temas de interés ciudadano, político y ni que hablar de noticias de derechos humanos, pobreza, marginalidad.
“El editor fue muy claro con nosotros: la pobreza, las negritudes, los indígenas, no son vendedores en las portadas”, relata otro periodista. En este sentido, tal como lo expuso Felipe Restrepo Pombo, en su columna “Los miserables”, publicada en el espectador: “NUESTROS MEDIOS ESTÁN plagados de políticos, hombres poderosos, mujeres voluptuosas y futbolistas. Pocas veces vemos caras diferentes. Como me dijo alguna vez un periodista experimentado: la única opción que tienen los otros —es decir: la gente común y corriente— de ser noticia, es la catástrofe. Sin desastre, la mayoría de la población, me dijo, no existe. Cuando la tragedia golpea a su puerta, por lo general viene acompañada de cámaras y micrófonos. Y, sobre todo, si su desgracia vende bien”.
Para completar el panorama sobre lo difícil que es mantener la independencia periodística en Colombia, no nos vayamos muy lejos y miremos qué está pasando con los columnistas que ahora tienen que defender sus opiniones en los estrados judiciales.
El caso más reciente es el de Salud Hernández, a quien el Presidente (e) de la Corte Suprema de Justicia, Jaime Arrubla, la demandó ante la Fiscalía por injuria y calumnia, sin ningún fundamento jurídico, abriendo otro capítulo de acoso judicial que también han padecido Alfredo Molano, Daniel Coronel y Rodrigo Pardo.
Ahora bien, cómo ser independiente en este panorama que les describo es muy difícil. Puede que la existencia de medios como la Silla Vacía, el portal Verdad Abierta en Semana y la cantidad de manifestaciones de periodismo ciudadano pueden ser una opción. Mientras que la existencia de las redes sociales también pueden ser una alternativa para que haya más noticias y más opiniones. Esto si no llegan los enemigos de la independencia periodística a amenazar a los tuiteros.
La falta de independencia nos afecta a todos y es hora de que la sociedad se pellizque. Aunque como dijo el columnista Ramón Muñoz, en El País de Madrid, “El periodismo es una profesión de riesgo. El mayor de ellos es el de morirse de hambre. Suele el común general idealizar al periodista como una especie de Superman quijotesco de las libertades, siempre dispuesto a desfacer entuertos, defender al menesteroso frente al potentado, y sacar brillo a la verdad con las teclas de su portátil. Y desconoce que la principal preocupación del periodista moderno es llegar a fin de mes”.
(Intervención durante panel sobre Independencia periodística, durante los foros del Bicentenario en la Fiesta del Libro, en Medellín)
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