Archivos diarios: Junio 30th, 2008

Cuando estaba en la Universidad de Antioquia, en Medellín, lo único que quería hacer era programas musicales. Por eso incursioné en la Emisora Cultural, en el primer año de mi carrera y con algunos compañeros de estudio comentaba sobre los artistas y sus nuevos y viejos álbumes.

En mi ciudad todo estaba revuelto y aún vivía Pablo Escobar, el capo de las drogas. Se podrán imaginar la situación que veía por la televisión: bombas, carros bomba, policías muertos, periodistas muertos y más muertos. Pero a mis 16 años poco me importaba lo que ocurriera con ese señor aunque estaba estudiando Comunicación Social y Periodismo. Era 1992 y creo que hasta ese momento no me había percatado -o no quería percatarme de que vivía en un país en conflicto. (informe-2008-conflictos-en-el-mundo)

Pero al año siguiente las cosas empezaron a cambiar y por casualidad, aún sin graduarme, empecé en un noticiero radial de la cadena SUPER haciendo informes culturales. Mientras tanto, en ese 1993 murió Pablo Escobar y la ciudad parecía acabar así con una historia de terror que, tal parece, no había significado tanto para mí hasta ese momento. Sencillamente, como ocurre con muchos ciudadanos, nunca sentí amenazada mi vida y el dolor de los otros no era el mío.

Por esos días un compañero de la emisora enfermó y debí asumir su trabajo: noticias políticas locales. Y poco a poco la política se mezcló con la violencia y murió más gente. El conflicto tocaba todas las esferas sociales y yo apenas empezaba a entender lo que ocurría en mi país. Era 1994 y entendí lo que dolía cada muerte cuando una turba enfurecida atacó la emisora el 3 de julio de 1994, un día después del asesinato del futbolista Andrés Escobar y desde entonces empecé una carrera que hasta ahora ha tenido el dolor de miles de víctimas como fuente primaria de información. Suena descarnado, pero es la realidad de muchos de los periodistas colombianos.

En 1995 ingresé al periódico EL ESPECTADOR, como corresponsal en Medellín y desde entonces he trabajado como periodista en conflicto armado y derechos humanos. En ese año explotó una bomba en el corazón de la ciudad, la primera semana de trabajo. De ahí en adelante no tuve tiempo de pensar qué iba a escribir porque la realidad era contundente: Cada semana había que cubrir un desplazamiento, una masacre ( historia_conflicto) , desapariciones y homicidios.

Las Farc, el Eln, las autodefensas y el Ejército libraban una guerra sin cuartel y los periodistas éramos solo el canal que mostraba la situación de miles de civiles indefensos. Desde entonces tuve claro que la misión del periodista es la de denunciar la irracionalidad de la guerra contra la población civil, las violaciones a sus derechos fundamentales, la destrucción de sus bienes, el uso de sus casas como trincheras, la desproporcionalidad del armamento utilizado por los grupos armados.

Me preguntaba qué hacer más allá del registro diario de la noticia escueta y cómo contribuir con una visión que no se limitara a ser un obituario y pellizcar a la sociedad y su dirigencia para que buscaran salidas para los civiles atrapados en el choque con fusiles y otras armas de alta velocidad y contundencia.

Ese es hoy el dilema diario de los periodistas que cubren noticias relacionadas con el conflicto armado interno que padece Colombia. Las preguntas tendrían una fácil resolución si los reporteros no trabajaran bajo presiones y amenazas de quienes ostentan el poder de las armas para hacer su trabajo. También sería cómodo si los dueños de los medios de comunicación estuvieran al margen de intereses políticos de los gobernantes que en la actualidad se intrometen en las redacciones y sacrifican la independencia de muchas de ellas.

Decir la verdad en tiempos de guerra y corrupción es la dificultad diaria en Colombia de ahí la frase de que en una guerra la primera gran sacrificada es esa verdad.

Estando en EL ESPECTADOR recordé una frase de Guillermo Cano, director del diario asesinado el 17 de diciembre de 1986 por sicarios de Pablo Escobar: “A este país lo que le está faltando no es plata, metálico, materialismo puro sino profunda reconquista de la moral en el sector público y privado. El narcotráfico nos ha corrompido, el contrabando nos ha corrompido, la compra y venta de influencias nos ha corrompido, la mordida nos ha corrompido, el afán del dinero fácil nos ha corrompido, el alquiler del voto nos ha corrompido. Estamos presenciando el crecimiento de una generación sin fronteras morales, sin valores ni principios”.

Hoy 22 años después de la reflexión de Cano la situación no ha cambiado y mis preguntas siguen siendo las mismas sobre mi quehacer periodístico en una “democracia” en guerra. Fue justo el diario de Guillermo Cano el que me abrió las puertas para descubrir este maravilloso oficio. De ese valeroso director había un legado tan grande que me parece increíble que existiesen periodistas tan valientes y decididos como él. Guillermo Cano, sin pelos en la lengua para cantarle las verdades a los narcotraficantes había muerto con la frente en alto por una causa que es la más difícil de todas en esta profesión: La verdad.

Hoy, vergonzosamente, el crimen de Cano -como el de la mayoría de periodistas de Colombia- sigue impune. Pero su trabajo vive aún en quienes creen en un periodismo libre, honesto, responsable y que no teme desenmascarar a los asesinos. Eso he tratado de hacer pero es difícil.

Después del diario de Cano pasé en 2002 a EL COLOMBIANO como reportera de la Unidad de Paz y Derechos Humanos donde estuve hasta 2007. Allí cubrí de cerca el conflicto urbano de Medellín con los nuevos narcotraficantes encima: los paramilitares hoy desmovilizados. Presencié como periodista decenas de dolores producto de la irracionalidad de este conflicto en todo el país. Muertos de todos los bandos, desaparecidos, secuestrados, torturados… Víctimas y más víctimas. También el surgimiento de procesos de paz y su fracaso. Peor aún, una desmovilización de las autodefensas hoy cuestionada por el incumplimiento a los acuerdos pactados por los ex combatientes…

Entendí que el conflicto no puede verse como un suceso exclusivamente militar. Tiene raíces profundas asociadas a los problemas cotidianos de esas comunidades afectadas, un recorrido histórico, una causalidad y unos efectos que no pueden desconocerse. quela respuesta a la pregunta de cómo decir la verdad es tomar posición: no hacerse el de la vista gorda ante un desangre permanente y un acoso a la población civil por parte de los armados ilegales, o en algunos casos por la misma autoridad, sin importar cuantos civiles arrasen.

Se requiere presentar causas, consecuencias, protagonistas, afectados y un profundo análisis de la sociedad. Un conocimiento claro de la historia, de la situación de la sociedad civil y todos los elementos que nos pueden proporcionar politólogos, investigadores sociales, líderes comunitarios y lo más importante, el ciudadano común que padece la crueldad de la guerra.

Por eso hay que dejar a un lado la noticia escueta y complementarla con los antecedentes, las consecuencias y el análisis. Darle voz a los que no tienen voz para que cuenten su realidad y el resto de la sociedad se pellizque… El conflicto se ha tomado la primera línea de nuestras agendas de trabajo, es el primer tema de nuestros consejos de redacción, ocupa nuestro titulares de primera y ha sido la realidad cotidiana de nuestro trabajo de reporteros. La actividad del periodista, por tanto, está ligada al origen y existencia de los conflictos.

La mejor herramienta para no ser objeto de las balas es el sentido de reflexión, el de construir valores, el del análisis con antecedentes y consecuencias de los hechos, el de servir a la sociedad, esta última, razón de ser de nuestra profesión en una sociedad democrática.

Desde julio del año pasado trabajo en la Revista CAMBIO. Ahora sigo con el tema del conflicto, la paz, la guerra, las víctimas, los derechos humanos… Sigo en el tema. Aunque parezca cruel que de esas noticias provenga mi sustento diario -mientras miles de familias padecen la pérdida de un ser querido o de sus tierras- hoy sé que esa es mi misión como periodista. Lo hago para que al menos quede un registro de lo que pasa aquí y, a futuro, cada miembro de esta sociedad entienda que no puede estar al margen del dolor de los demás, como esa universitaria que describí al principio.

 

Esto es Colombia  ( estoescolombia1)