Familias de desaparecidos encontraron a los suyos, tras años de espera.
EL COLOMBIANO acompañó al grupo en la búsqueda de fosas, en Briceño.
Unidad de Justicia y Paz escarba en Antioquia para hallar víctimas de las Auc.
Enviada especial, Briceño
El teléfono sonó el Viernes Santo de 2006, después de las cuatro de la tarde. Un anónimo dijo: “Anote bien. Vaya a la cordillera, a la vereda Las Guitarras, antes de coger para Las Auras. Camine y mire para la laguna que va a encontrar y ubíquese a la izquierda, en un alambrado con un broche (portón). Ahí verá dos árboles muy bonitos. En la mitad hay dos piedras. Debajo de ellas está enterrado”.
Víctor Elías Suserquia Echavarría, de 23 años, desapareció el 1 de marzo de 2004 en el corregimiento Las Auras, de Briceño, norte de Antioquia. Ese día el joven vestía una camiseta roja y se encontraba en un kiosco tomando unos tragos, recuerda Manuel, el padre.
De pronto llegaron hombres del Bloque Mineros de las Auc y lo obligaron a salir del establecimiento. “¿Adónde lo llevan?”, preguntó el papá a los paramilitares, luego de ver la escena. “Mañana se lo regresamos, no se preocupe, lo vamos a llevar para hacerle una pregunticas”, le respondieron.
Pero pasaron tres días y el muchacho no apareció. Manuel se aventuró a preguntar por él en una base que el Bloque Mineros de las Auc tenía montada en la vereda Vélez, en esa localidad.”Dijeron que no sabían nada de él, que se lo habían llevado para La Caucana (zona cocalera en Tarazá). Pero no les creí. Me pidieron que me fuera. Pasó otra semana y nada de noticias y volví allá a hablar con ‘el político’ ( jefe paramilitar en la zona en ese entonces, conocido también con el alias Héctor) y me sacó el cuerpo”, relata Manuel.
Le respondieron que no lo buscara más y los dejara en paz si no quería correr la misma suerte y quedó en la incertidumbre hasta la llamada de hace un año, cuanto tuvo un indicio, al menos, de lo que pudo ocurrir con el joven.Quien contestó el teléfono, entonces, fue su hermano Carlos. De inmediato organizaron un viaje para llegar a ese sitio que le describían en la llamada. Fueron varias horas buscando la laguna y nada. Por fin la divisaron y encontraron el sitio. “Mejor las muevo yo (las piedras) y usted no mire que eso de pronto es muy duro”, le dijo Carlos.Aguardó y su hermano le pidió que se acercara. Allí, relata, empezaron a mover la tierra y encontraron algo que se parecía a un huesito de los dedos (falanges). Pero no se atrevieron a seguir adelante y volvieron a tapar.
“Aquí está prohibido desenterrar las fosas. Lo prohibieron los paras. Además, como cualquier cristiano, no teníamos idea de qué se hacía en ese caso”.Los hermanos Suserquia se arrodillaron y rezaron. No se atrevieron a volver al lugar.
Llegaron a Briceño y pusieron una denuncia en la Fiscalía y en la Policía a la espera de que exhumaran la fosa en la que, al parecer, estaba Víctor Elías.
Viaje a la laguna
Martes 24 de abril de 2007. Son las 5:25 de la mañana. Un equipo de la Unidad de Justicia y Paz de la Fiscalía inicia desde Medellín un viaje al municipio de Briceño, a 174 kilómetros de la capital antioqueña. Un fiscal, una antropóloga, una bacterióloga, un topógrafo, un fotógrafo, otros dos investigadores y la escolta conforman el grupo.
El objetivo es exhumar las fosas que denunciaron los familiares de desaparecidos en varias veredas de la localidad. La meta: encontrarse al mediodía con los allegados de esos desaparecidos en el parque de Briceño.
El equipo parte en silencio y al llegar a Yarumal pide apoyo del Ejército y la Policía para que los escolte, dado que la zona sigue en disputa entre paramilitares que no se desmovilizaron, bandas de narcotraficantes y los frentes 18, 36 y 58 de las Farc, precisan las autoridades.
“No es fácil porque tenemos información, en algunas regiones de Antioquia, de que hay paramilitares que no se desmovilizaron o lo hicieron y volvieron a delinquir y amenazan a varias víctimas para que no digan dónde están las fosas”, precisa el fiscal Gustavo Andrés Duque, de la Unidad de Justicia y Paz.Hay familias que, tras el dolor de ver que el muerto de la fosa es suyo, temen presentarse a la exhumación porque puede haber represalias de victimarios.
Al mediodía un derrumbe en la vía de acceso a Briceño está a punto de aplazar el encuentro, pero con ayuda de campesinos haciendo transbordos y con sigilo, los vehículos avanzan.No es la hora exacta del encuentro, pero las víctimas están en el parque, esperando. Todos dicen estar “contentos” de poder conocer por fin la verdad sobre sus desaparecidos. Entre ellos están los hermanos Manuel y Carlos Suserquia.
Son las tres de la tarde. “Señor fiscal, soy el que busca al hijo que me desaparecieron en Las Guitarras”, dice Manuel.”Esa es la zona más cercana y a la que podemos viajar a esta hora. Entonces arrancamos ya mismo para allá”, le responde el fiscal de la Unidad de Justicia y Paz, a cargo del equipo. El resto de víctimas aguarda por su turno para el día siguiente.
El sitio indicado
La carretera y un aguacero son los enemigos del equipo de Justicia y Paz. Pero el compromiso de esta tarde es buscar la fosa donde estaría enterrado Víctor. El padre de la víctima guía a los investigadores quienes, a las cuatro, encuentran una trocha, un camino delgado. Comienzan a subir y observan, efectivamente, la laguna. Luego el alambrado, el portón y, por último, los dos árboles y las piedras.
-¿Es aquí, está seguro?- pregunta el fiscal a Manuel.
-Claro, si vinimos hace un año exactico. Está ahí.
El equipo empieza a observar la zona y la delimita. El topógrafo revisa el terreno. La temperatura es cada vez más baja. La neblina opaca la escena. Quitan las piedras y empiezan a despejar el área de yarumos, helechos y maleza propia de un lugar abandonado. Hay culebras e insectos.
“Aquí hay tierra removida. Va a estar difícil con este pantano, pero avancemos”, explica la antropóloga a sus compañeros.Todos se ponen sus trajes biológicos (azules) y agarran las palas. Necesitan un machete para quitar los helechos y con gusto Manuel lo proporciona. Cavan y cavan. Descansan un poco y retoman la tarea. Remueven la tierra pantanosa hasta un punto en el que la antropóloga se mete en el hueco y empieza a escarbar.
La mujer pide que paren para no ir a dañar cualquier elemento que pueda servir más adelante. Remueve con cuidado y encuentra varias falanges y poco a poco aparecen los demás huesos, incluso el cráneo… Los restos son sacados de la fosa y puestos en un plástico negro para poder organizarlos en su orden lógico.
-Fue torturado, está en pedacitos. No hay disparos- comenta la investigadora mientras saca una correa, un poncho y algo que puede ser una camiseta pero por el tiempo no se descifra su color.-De qué color es, porque el mío (hijo) tenía una camisa roja ese día… Pero sí, estas cosas de seguro son de él. ¿Te acordás Carlos si las botas eran Venus o de que marca?
Manuel no aguanta más. Agacha la cabeza, luego de saber por fin qué le ocurrió a su hijo de 23 años. “¿Cuál sería la preguntica que le tenían que hacer para que me lo mataran de esta manera?”, dice mientras su hermano Carlos le repite lo de un año atrás: “hermano, esto es muy duro, venga no mire más”.
Son las 5:45 de la tarde y no para de llover. La neblina se apodera de la vereda Vélez (donde están Las Guitarras). El padre continúa observando. Su hijo estaba en un hueco de 60 por 80 centímetros, en el que, en términos de los investigadores de la Unidad de Justicia y Paz de la Fiscalía, no cabe un cuerpo completo. “Estaba en pedacitos”, reitera el fiscal, luego de enseñar unos lazos con los que estaban amarrados los huesos que corresponderían a las extremidades.
“Es mi hijito -dice el padre después de mirar el cráneo y unas prendas-. Gracias a Dios por permitirme encontrarlo. Por fin le voy a poder dar santa sepultura. Por ese lado estoy como contento, como con una paz. Pero, tengo tanto dolor de ver lo que hicieron con él”, expresa mientras el equipo de la Unidad de Justicia y Paz continúa con su trabajo. Los huesos de Víctor Elías terminan envueltos en una bolsa blanca, del tamaño de un bebé.”
Aún no se lo podemos entregar hasta que no le hagamos una prueba de ADN. Para que no tenga que ir a Medellín traje todo lo necesario y le podemos hacer una prueba bucal para que ya no quede ninguna duda. Mañana haremos eso”, le explica la bacterióloga.
-¿En cuánto tiempo me lo devuelven?- le pregunta.
-Entre tres y cinco meses- le responden.
El fiscal le aclara que en la actualidad la Fiscalía busca a 30.000 desaparecidos y que solo en Antioquia hay 300 en la sede de Medellín pendientes de la comprobación de ADN.
“Es duro ver que la mayoría de las víctimas padecieron torturas, estaban amordazadas, les dieron tiros de gracia o fueron descuartizadas”, lamenta la antropóloga.
Los investigadores limpian su sudor, pese al aguacero en la zona. Manuel y Carlos Suserquia se abrazan. “Gracias, fiscales nos devolvieron la tranquilidad”, les dicen y se dan la bendición.
“La modalidad aquí es enterrar los cadáveres en espacios pequeños, con todo lo que ello significa, es decir en pedazos. Si lo entierran entero corren el riesgo de que puedan salir a la superficie puesto que no son fosas como las de los cementerios. Por eso los descuartizan y rajan”, dice el fiscal.
Esperan tres
La lluvia no cesa el miércoles 25 de abril de 2007. Son las 6:30 de la mañana y tres familias esperan encontrar a Giovany Antonio Jaramillo Peláez, Félix Antonio Zapata Rojas y Fabián Esteban Posada, desaparecidos el 22 de mayo de 2002, en la zona de Travesías, donde estaba otra base del Bloque Mineros.
“Ajustamos una semana sin saber de ellos y nos vinimos a buscarlos. Preguntamos a la gente de la zona y nos dijeron que sí los vieron amarrados en una finca mientras esperaban a que los mataran”, relata un hermano de Giovany, quien desapareció junto a Fabián.”Fabián llevaba una mula con mercado para mi tienda y el otro bajaba de jornaliar”, relata Iván, el padre, quien realizó un viaje de 15 horas desde una vereda de Yarumal, a la espera de que los fiscales lo desentierren.
Al no encontrarlo, las dos familias decidieron preguntar por ellos, para que les dijeran dónde los tenían. Pidieron hablar con alias Pulgo (Arley de Jesús Hernández, capturado en 2006 con un cargamento de droga y quien no se desmovilizó. Era uno de los jefes de las Auc en la zona).”Me dijo que era un guerrillero que llevaba comida para las Farc y le dieron su merecido. Le respondí que por qué no se informaban bien, que ese mercado era para la tienda, que se habían equivocado. El tipo me respondió que ya no había nada que hacer. Que ya lo habián picado y enterrado en una manga, aquí donde estoy parado ahora. ‘Váyase de por aquí y no vuelva si no quiere que le pase lo mismo’, me dijeron y desde hace cinco años no había podido volver”.
“Yo también hablé con ese man don Iván. Vine desde Puerto Valdivia. Le dije que si ya lo mataron entonces que lo dejaran sacar para darle sepultura, que ellos no eran perros ni nada -dice el hermano de Félix-. Me dijo que no había nada qué hacer y que me fuera rápido”.
“Pero qué errorcitos. Es que matan por matar. Ni debiéndola deben hacer esas cosas. Por mi mamá que mi hermano era juicioso”, replica el hermano de Giovanny, otro de las víctimas.
Con base en los datos de las familias, el equipo de Justicia y Paz comienza su trabajo y delimita dos posibles fosas. La primera está al final de un camino y cuando los especialistas empiezan a escarbar se dan cuenta de que hay un nacimiento de una quebrada.
“Esto dificulta más el trabajo porque tendremos que desviar el agua”, dice preocupada la antropóloga.Los tres hombres, en representación de sus familias, dejaron a las mujeres en otro punto para que no presencien la escena.
“Se imagina uno amarrado aquí en este potrero esperando a que lo maten”, pregunta don Iván.
La antropóloga con una pala pequeña empieza a sacar y sacar tierra. El resto del grupo le ayuda. “No veo aún nada”, dice. Al momentó se exalta: “paren, paren, aquí hay algo”.
Empieza a sacar costillas, luego un peroné, un omoplato… un cráneo, un esternón, unos huesos amarrados por un lazo… “Aquí hay otra persona”, dice.
A la luz empieza a entenderse lo que pasó con dos de los jóvenes y a medida que sacan una camiseta, un reloj parado en la 1:47, una correa, unas botas, dos familias van diciendo de quién era tal cosa.
“Esos son los dientes de mi hermano, los reconozco donde sea”, dice el hermano de Félix mientras con un poncho seca sus lágrimas. “Qué tal que vea mi hermana esto, la que está allá abajo. Ah, mire ese collar, es de él”, comenta.
El hermano de Giovany reconoce el reloj. “Seguro que es de él, le gustaban chiquitos… Y esas son las botas. Gracias, señor fiscal, ya dejamos esta tortura”.
“Todavía falto yo”, comenta don Iván, quien agacha la cabeza. “Al menos ya sé que está en la otra fosa”, añade.
Al terminar en ese punto el equipo de la Fiscalía descansa un poco. No han pasado 20 minutos cuando la antropóloga dice: “¿Seguimos con la otra?”. Toman otra vez las palas.
“Vamos a buscar a su hijo, don Iván, no se preocupe”, le dice el fiscal.
Después de mucho escarbar se dan cuenta de que en la otra fosa no hay nada, es un entierro de basura. Iván revienta en llanto. “Ya no voy a buscar más. Esto ha sido demasiado duro. Hoy tenía la esperanza de sacarlo y enterrarlo como un cristiano”.
El ambiente queda en silencio y los fiscales abordan un vehículo para buscar otra fosa en una vereda llamada El Pescado, a 45 minutos de allí.
Antes de que el angustiado padre aborde un vehículo dispuesto a desistir del propósito de buscar a su hijo, un hombre vecino de la zona se le acerca y le dice: “creo que a su muchacho lo enterraron más lejos de estos, en el broche de arriba”.
El hombre dice que le ha vuelto “el alma al cuerpo” y le comenta el caso al fiscal. “Yo lo acompaño a buscar el otro muerto allá arriba, en El Pescado y usted me ayuda a buscar mañana al mío”. El fiscal le responde que sí.
Esa tarde en El Pescado se encuentra otra fosa y otro muerto: Román Alirio González, desaparecido en 2001. Su madre huyó desplazada porque ese día le quemaron la casa y violaron a su otra hija. El muchacho se alistaba para ingresar al Ejército pero dos de sus hermanos estaban en la guerrilla. “Pagó ese precio”, dice un allegado.
El jueves en la mañana la unidad de Justicia y Paz continúa la búsqueda de las fosas. La primera que buscan es aquella en la que supuestamente está el hijo de Iván.
“Es él, es él”, dice el hombre, que llora y ríe cuando sabe que acaban de terminar cinco años de incertidumbre.
