Lugares con mucho encantoHay quienes se aficionan por las grandes ciudades y conocerlas es un reto que hace parte de sus sueños más profundos. Otros, en cambio, prefieren lugares más discretos que tienen una belleza singular. Y el recorrerlos sin el acelere que produce una gran masa de turistas, les resulta un regalo.Presentamos cuatro historias narradas por periodistas viajeros: Elizabeth Yarce y Renata Cabrales, de Colombia; Michael Zárate, de Perú y Natalia Lazzarini, de Argentina. Recuerdan distinto puntos en el mapa donde el haber sido feliz es más importante que el haber estado en una gran ciudad recorriendo famosos y recomendados espacios.Presentamos también en esta edición, una entrevista con el director de teatro y dramaturgo antioqueño Farley Velásquez: sus propuestas arriesgadas, sin miedo, lograron que Fanny Mikey, la gran dama del teatro colombiano, se interesara por él. Y lo invitó a dirigirla en Perfume de arrabal y tango. Él habló con Gabriela Duque Arenas, productora cultural. El Ranking sobre los puentes más grandes del mundo fue realizado por el arquitecto Rafael Vélez, quien propuso dos tipos de estructuras, los puentes colgantes y los tensados por cables. Y ofrecemos una entrevista con el escritor uruguayo Mario Benedetti, quien conversó con el periodista Juan Cruz.
Y de cómo los tumultos quitaron el encanto a las capitales del mundo.
Como pude, viajé hasta San Lucido, un pueblito de unos 7.000 habitantes, ubicado al sur de Italia. Hace más de un siglo, un hombre aventurero llamado Pietro Fortunato Guida de Candia, mi bisabuelo, viajó hasta Colombia buscando nuevos horizontes. Se estableció en Candelaria, Atlántico, un pueblo caliente, “arrancao”, como dice mi madre, en el que las historias constituyen su mayor patrimonio. Cien años después, me di la vuelta, y llegué hasta San Lucido, al punto de partida, a ese sitio pintoresco, colgado en la montaña; de calles empedradas y callejones sin salida, al lado del mar, de un color azul que nunca antes había visto: el Tirreno. Tomé un tren en Roma y, después de seis horas, llegué de madrugada. Una intensa brisa costera me dijo al oído que era la hora, que había llegado al pueblo del que tantas veces escuché, pero al que ni siquiera conocía en fotos. Algo en mí palpitaba cuando abordé un avión a Roma y a pesar de estar en una gran ciudad me escapé.Y como la sangre llama y el destino confabula, aquel viaje me permitió conocer en San Lucido y sin proponérmelo, a dos mujeres hermosas. “Conozco donde viven unas de Candia. Pruebe, pruebe”, me dijo el barrendero del pueblo, al que conté con señales mi historia. Me llevó hasta el portón de la casa, ubicada en el centro histórico. El hombre le dijo a una señora que asomó su cabeza por el balcón: “Aquí esta la ragazza de la Colombia”. Fue allí donde todo empezó. Estaba ansiosa. Ana María de Candia, profesora en Lenguas Modernas, hablaba español. “Sube, quiero que me relates la historia”, me dijo.En medio de una sala llena de retratos en blanco y negro, repasaba el árbol genealógico de la familia. “Pero tus tías tienen los nombres de las mías: Emilia, Rossina, Melida”, comentaba la mujer, quien luego acotó: “¡Qué pesar! Si hubieras venido unos años antes, y si hubiese estado la tía Mafalda, la que se sabe la historia completa de la familia, nos habría sacado de dudas”, dijo en italiano Emilia, hermana de Ana María.Así, que salí de la casa, y llamé a mi tío Álvaro, el que también conoce de dónde provienen todas las ramas del famoso árbol. “Háblales de Amilkar y Geovanni Sposito Guida, los dos sobrinos de tu bisabuelo”, me sugirió. Con esos datos fui donde esas mujeres que hasta ese momento eran unas desconocidas.”¡Mama mía!”, gritó Emilia cuando apenas terminaba de pronunciar los nombres que me dijo Álvaro. “La tía Mafalda hablaba todo el tiempo de ellos. Los que se fueron para las Américas”, agregó. Fue en ese momento donde encontramos la conexión.Me invitaron a comer pizza italiana hecha en casa. Tomé licores hechos por sus amigas, me deleité con unas frituras especiales llamadas Criseroles y brindamos por nuestro encuentro.Empecé a verlas con otros ojos, y allí fue donde descubrí porqué mi hermano Giancarlo, no se parece ni a mi papá ni a mi mamá. Era todo Candia y hasta salió con los dientes de la tía abuela Emilia. Sin saberlo, viajé hasta San Lucido para conocerlas, porque ellas sólo estarían dos días en su casa de verano, los mismos en los que las conocí. Al día siguiente me despedí. Les había escrito algo con la intención de que lo leyeran después de mi partida, pero ¡qué va! Ana María se puso a leerlo en voz alta, haciendo la traducción simultánea al italiano para que escuchara Emilia.Lloré y lloré, luego me fui caminando, bordeando la muralla, pese a la insistencia de Ana de llevarme en la “sua maquina”. Me quería despedir de San Lucido, caminándolo, viéndolo detalladamente. Tomé las últimas fotografías, y me dije: Tengo que volver.
Liverpool debería llamarse The Beatles. Todo es para ellos.
Las numerosas y antiguas iglesias identifican muy bien el paisaje urbano de Córdoba, una ciudad para recorrer.Con sabor a praliné (maní acaramelizado), algodón de azúcar y palomitas de maíz, el centro de la ciudad se llena cada día de transeúntes que llegan como enjambres a poblar la peatonal. Poblada como cualquier gran ciudad de Latinoamérica, esta ciudad se distingue desde el sonido primario y elemental que emite su gente. El cordobés se conoce en el mundo por su humor y por arrastrar las vocales. Así, no dirá que es “cordobés”, sino “cordoooobés”. La ciudad se despierta temprano y ahora en primavera amanece a las siete. Con los primeros albores comienzan a circular por Nueva Córdoba los coches que van a una de las zonas comerciales más importantes de Córdoba. Los taxistas se desperezan al son del cuarteto, ritmo popular que tiene orígenes en el dos por cuatro del paso doble, que se escucha por la emisora LV3. Todos ellos tienen una solución para los problemas que aquejan a los pobladores: “Acá desde Perón en adelante, se chorearon (robaron en lunfardo) todo. No hay político que no sea corrupto. Habría que cortarles el chorro de plata, vas a ver cómo dejan de robar”, enfatiza un taxista.Quien desee hacer un recorrido por el centro comercial e histórico se topará con los vestigios de la “Córdoba de las mil campanas”. En cada esquina está sellada la impronta de una iglesia de distintas congregaciones: desde los franciscanos, hasta los capuchinos, pasando por los dominicos y las carmelitas descalzas. Entre todas, se destaca la labor de los jesuitas en Córdoba que misionaron en el siglo XVIII. Fundadores de la Universidad Nacional de Córdoba y de reducciones jesuíticas por toda la provincia, esta congregación fundada por San Ignacio de Loyola se rescata en la llamada “Manzana de las Luces”, la cuadra en la que se encuentran el rectorado de la universidad y el Colegio Nacional del Monserrat, la otrora residencia de los estudiantes universitarios. Esos mismos estudiantes son los que le dan la diversión por la noche. Nueva Córdoba es conocida por su oferta de diversión disponible a cualquier hora y día de la semana. Pubs y discotecas abren sus puertas después de las doce de la noche con sonoras canciones norteamericanas que “son lo más”. No son pocas las mujeres que se quejan por tanto ruido pero nadie las escucha. La noche transcurre movida en el barrio hasta que a las siete de la mañana los bocinazos de los coches y las campanadas de las iglesias marquen la apertura de una nueva jornada.Nueva Córdoba es otro de los barrios más transitados que le debe su nombre a las construcciones que desde la década de 1990 se erigieron para albergar a los estudiantes universitarios que llegan desde todo el país para educarse en la universidad nacional. Como la demanda era enorme, las antiguas residencias señoriales de la Córdoba colonial le cedieron paso a edificios de 13 pisos con piscinas incluidas en las terrazas. Cuentan los historiadores que cuando el conquistador José Luis de Cabrera llegó a las tierras montañosas de la provincia, enseguida se le vino a la mente las sierras de Córdoba de su país natal, España. No dudó entonces en bautizar aquellos terrenos despoblados de civilización occidental con el mismo nombre aquel 6 de julio de 1573. Desde entonces, la ciudad de Córdoba se ha convertido en centro pujante de los avances del país por encontrarse en el centro, y en el paso obligado de cualquiera que desee recorrer por tierra los vastos terrenos argentinos.